¡Quiero que me entierren con un calcetín!

February 10, 2017

 
Vivimos en un mundo en constante crecimiento, donde la tecnología y la moda dirigen y gobiernan nuestras vidas. El dinero cada día se vuelve más indispensable, tanto así que incluso ha llegado hasta el punto de impedir que encontremos paz, tranquilidad y felicidad.

En el mundo moderno lo que valemos se mide por lo que tenemos: el auto, la casa, los viajes, las cuentas en el banco… Al parecer, estas cosas materiales definen quiénes somos y a qué grupo social pertenecemos. Pero hay que preguntarnos: ¿qué es lo que realmente tenemos?

Creo que la mejor respuesta a esta pregunta la responde una hermosa historia:

Se cuenta que una vez un padre con su hijo se encontraban en medio de un viaje de un pueblo a otro. Además de ropas y utensilios, llevaban consigo cuatro panes. En mitad del camino, un pobre se les acercó pidiendo algo de comida. El padre tomó uno de los panes y se los dio al pobre.
Tras unos minutos el padre le preguntó a su hijo: “Hijo, ¿cuántos panes tenemos?” El hijo respondió inmediatamente: “tres panes padre”. Volviéndose a su hijo, volvió a preguntar: “No, hijo… Realmente, ¿cuántos panes tenemos?”. El hijo, sin entender muy bien la pregunta, contestó: “Bueno padre, teníamos cuatro panes y le dimos uno al pobre… Cuatro menos uno… Tres…”. Entonces el padre se detuvo: “Hijo, realmente tenemos un pan: estos tres panes que nos quedan se nos pueden dañar, perder, pueden ser robados o nos los comeremos y desecharemos eventualmente… Pero ese pan que le dimos al pobre ¡es nuestro! Ése, nadie nos lo va a poder quitar nunca, porque lo que uno realmente tiene son aquellas obras que hizo por la comunidad, las “manos” extendidas para ayudar a otros y las acciones trascendentes.

Lo que realmente tenemos no se basa en nuestras pertenencias materiales (las cuales están sujetas a cambiar de dueño constantemente) por un mal negocio, la situación de un país que hace que abandonemos nuestros hogares, fallas mecánicas en los autos, incluso el cuerpo puede llegar a enfermarse por motivos ajenos a nuestras manos (¡Di-s nos libre!)… Y, eventualmente, todos abandonaremos este mundo físico sin llevarnos tan siquiera un calcetín…

Se cuenta que, antes de enterrar a un gran filántropo, los hijos precedieron en cumplir su última petición: “¡Quiero que me entierren con un calcetín!”.
Cuando el Rabino escuchó de esta petición se negó rotundamente, explicando que la Ley Judía exige que la persona sea enterrada de la misma manera que vino a este mundo.
Los hijos, frustrados por esto, buscaron la manera de cumplir la voluntad de su difunto padre que, por si fuera poco, les había dejado en herencia millones de dólares. Para su gran sorpresa, ningún Rabino aceptó.
Resignándose al hecho de no poder cumplir la voluntad de su padre, procedieron con el entierro. Unas horas después, el abogado que hacía un par de horas les había entregado el testamento con la peculiar petición de su padre, ahora les entregaba uno nuevo… “Su padre me pidió que les de esto después de su entierro.”
“Queridos hijos… Si están leyendo esto significa que ya dejé este mundo físico. Sé que trataron de cumplir con mi última petición y que no lo lograron. No se preocupen, yo sabía que no iban a poder… Justamente esa es la última enseñanza que les dejo: acuérdense que, de este mundo, ni un calcetín nos llevamos…”

Entonces, ¿qué es lo que realmente tenemos? Nuestras ACCIONES: una acción no está sujeta a cambios, una acción queda para el resto de la vida… Un acto de bondad hacia un amigo, por miles de cosas que pasen, nunca va a desaparecer… una palabra de aliento al prójimo tiene el potencial de lograr un cambio tremendo en esa persona donde todos los beneficios que se generen “son de uno”. De igual manera, el estudio y el crecimiento personal logrado a través del esfuerzo no tiene ni limitaciones ni fecha de expiración. Son todas estas buenas acciones, aprendizajes a través del estudio, refinamiento personal (que nos hacen acercarnos a Di-s) lo que REALMENTE tenemos.

 

Foto de: http://blog.africome.com/

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